La Voz del Beatriz

edición digital / curso 2012-2013

Profesores que dejan huella: Rafael García Aráez

Loreto Cantero Escudero - Profesora de Matemáticas

El alumno no es un vaso que se llena, es un fuego que se enciende (Rabelais).

Difícil reto para cualquier profesor el de encender en sus alumnos un fuego, aunque sea pequeño, que les impulse a conocer aquello que se les ofrece en las aulas, materias muchas veces interesantes, pero otras veces extrañas, difíciles de entender o claramente aburridas; o el fuego de querer mejorar su futuro; o el fuego de querer mejorar un mundo lleno de injusticias…

Y difícil reto es también no dificultar, y mucho menos sofocar, ese fuego de sana ambición y curiosidad con que llegan a las aulas, año tras año, niños, jóvenes y adultos.

Tengo mala memoria y por tanto olvido fácilmente las cosas desagradables (¡qué bien!), pero también muchos momentos vividos con intensidad, emoción o alegría, e incluso tantas ayudas que nos van prestando las personas con quienes nos relacionamos y que nos permiten ir logrando nuestras metas y nuestros sueños (¡qué mal!).

Me gustaría, en este momento, poder recordar muchas más cosas del profesor García Aráez («señor Aráez» para sus alumnas) y poder trazar un retrato más fiel y preciso de él, pero lo que recuerdo, la huella que dejó en mí, sí la puedo compartir.

Su nombre ha quedado asociado con los de otros profesores estupendos de esa misma etapa que se llamaba «Bachiller Superior»: Juana de José (Lengua y Literatura), Alejandro Navarro (Biología) o el reconocido y premiado investigador Antonio Domínguez Ortiz (Historia).

Conocí al profesor Aráez al llegar a Madrid y a este Instituto desde un pueblo de Palencia (Carrión de los Condes), en el lejano octubre de 1967, para estudiar 5º de Bachillerato de Ciencias. En la clase, éramos unas cuarenta chicas que, con pequeños cambios, seguimos juntas en 6º y Preu (el curso Preuniversitario) de Ciencias.

En los tres cursos, nuestro profesor de Matemáticas fue García Aráez, que entonces era también director del Instituto y que aparentaba alrededor de cincuenta años. Era bastante alto y vestía siempre con traje y corbata, pero su aire era sencillo, en contraste con otro profesor, también de Matemáticas, que era muy elegante pero algo estirado.

Si Rafael García Aráez destaca en mi recuerdo con tanta nitidez como «el PROFESOR», creo que ha sido por el modelo de persona y profesor que yo vi en él desde el principio, quizá de forma inconsciente entonces por mis pocos años.

Fue un profesor siempre puntual, que entraba en clase con una tímida sonrisa y una chispa de alegría en los ojos, que miraban por encima de las gafas. Explicaba su materia con un entusiasmo que quedaba un poco disimulado por sus años y seriedad, pero quedaba claro que hacía su trabajo con gusto, sin ninguna pereza por entrar a explicar aquellas demostraciones o problemas que él sabría bien lo difíciles y extraños que resultarían a unas adolescentes de entre catorce y dieciséis años.

Todo su lenguaje gestual, que nunca engaña, transmitía lo mucho que disfrutaba con las Matemáticas, que él parecía considerar una de las actividades más interesantes y atractivas del mundo. Pasados los años, me comentó más de una vez la alegría que le producía llegar a resolver algún problema que se le había resistido. Parecía que no estaba trabajando, sino disfrutando, con lo que estaba haciendo. Sabiendo yo hoy, después de muchos años explicando la misma asignatura, lo duro que es a veces explicar cuestiones tan abstractas y extrañas, me sorprende y admira todavía más.

En clase, siempre se limitó a ser el profesor de Matemáticas, materia que dominaba y que explicaba en profundidad y con brillantez, y no recuerdo que opinara sobre ninguna otra cuestión ni que tratara de influirnos con su “autoridad” nunca. En este sentido, todos los profesores que recuerdo han respetado siempre nuestra libertad de pensamiento, algo que me parece imprescindible.

En los exámenes era exigente, pues la asignatura requiere precisión, conceptos claros y utilizar su lenguaje propio, pero no era lo que se dice “un hueso”, al menos así lo creo yo. Sus calificaciones, no las discutíamos nunca, ni siquiera entre nosotras, por lo que deduzco que nos parecían bastante justas y razonables.

Como persona, el «señor Aráez» era un perfecto caballero con nosotras sus alumnas; nos trataba con exquisito respeto, nos cedía el paso en las puertas, nos saludaba por los pasillos con un leve gesto de cabeza o levantando un poco las cejas mientras nos miraba, gestos que, viniendo del director del Centro, creo que nos educaban también y reforzaban nuestra  autoestima.

Nunca vi que perdiera el control en clase y, en las ocasiones en que se disgustaba o enfadaba, cuando en la pizarra no hacíamos las cosas bien o no teníamos una actitud participativa, solo su mirada, mucho más dura y reprobatoria, delataba que estaba contrariado.

Al «señor Aráez», sin dejar de ser nunca un profesor, en las distintas ocasiones en que acudí a él pidiéndole algún tipo de ayuda pequeña o grande (y fueron varias), lo encontré siempre en la misma actitud: acogedora (sonrisa incluida), disponible, cercana, facilitando las cosas, diría que hasta encantado de poder echar una mano. Quiero desde aquí agradecérselo una vez más.

Yo estudié Matemáticas y he comprendido con los años que, sin ser muy consciente de ello, quizá fue mi admiración y cariño hacia él un factor decisivo para matricularme, al terminar Preu, en una carrera, Ciencias Exactas, considerada «poco apropiada» para chicas; para nosotras, el consejo era «haz Biología, Medicina o Química». Afortunadamente, al comenzar el curso, vi que había bastantes chicas (40% o 50%) sin duda tan osadas como yo.

Soy profesora como él y, aunque mi primera ilusión fue ejercer como astrónoma, lo cierto es que llevo toda mi vida enseñando Matemáticas y tratando de reproducir en las aulas ese mismo respeto a la profesión y a los alumnos que yo encontré en el «señor Aráez» y en otros magníficos profesores de este Instituto.

Intentar avivar el fuego de la curiosidad por conocer; procurar que el aprendizaje se produzca con calma y en un ambiente sin ningún temor; que tomen más conciencia de quiénes son, con sus capacidades y limitaciones, y que sean capaces de ir aceptando también sus fracasos son algunas de las tareas que puede hacer un profesor por sus alumnos.

El profesor García Aráez tuvo una larga trayectoria docente y, con su trabajo y el de otros colegas, contribuyó de manera importante a que muchos de sus alumnos pudiéramos construir en nuestra mente una “urdimbre intelectual” que nos permitió superar nuestros estudios universitarios, con esfuerzo y voluntad, pero sin grandes agobios ni fracasos.

Cuando en septiembre de 1980 me incorporé al Departamento de Matemáticas de este Instituto como profesora, el «señor Aráez» había concluido aquí su carrera docente, justo un año antes; sin embargo, sus frecuentes visitas al Centro nos permitieron seguir en contacto, cada vez con mayor confianza.

En este departamento, he tenido la suerte de conocer y disfrutar de compañeros y amigos de una gran talla profesional, intelectual y humana a los que estoy recordando con gratitud en este momento.

Así pues, este breve reconocimiento a la capacidad e integridad del profesor García Aráez quisiera hacerlo extensivo a todos los profesores que han sabido ganarse el respeto y el cariño de sus alumnos.

El sueño de educar

Educar es lo mismo

que poner motor a una barca…

Hay que medir, pesar, equilibrar…

…y poner todo en marcha.

Pero para eso,

uno tiene que llevar en el alma

un poco de marino…

un poco de pirata…

un poco de poeta…

y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar

mientras uno trabaja,

que ese barco, ese niño

irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío

llevará nuestra carga de palabras

hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día

esté durmiendo nuestra propia barca,

en barcos nuevos seguirá nuestra bandera

enarbolada.

Gabriel Celaya.

Datos biográficos (anotaciones de sus propias memorias):

Nacido en Almería en 1919, su familia se trasladó a Madrid para que los ocho hermanos pudieran continuar estudios superiores. Cursó el Bachillerato de 1932 a 1935 en el Instituto Velázquez, uno de los siete creados por el gobierno de la República, obteniendo el Premio Extraordinario del Bachillerato.

Aunque inició la preparación para ingresar en Caminos antes de la sublevación militar del 36, tras “el estallido de la paz” se vio abocado a estudiar Ciencias Exactas.

Opositó a la cátedra de las Escuelas Técnicas de Montes en 1946 (etapa en Vigo y Cartagena) y más tarde aprobó una nueva oposición a una plaza en Madrid.

Fue profesor adjunto interino en la Facultad de Ciencias de 1950 a 1957.

En 1957 obtiene la cátedra de Matemáticas del IEM “Beatriz Galindo” pasando a ser Secretario del mismo siendo directora Vicenta Arnal (profesora suya en el Bachillerato), cargo que ejerció hasta 1960, fecha del fallecimiento repentino de dicha directora.

Fue nombrado director del instituto en 1960 y continuó siéndolo hasta 1969, fecha en que presentó su dimisión por discrepancias con la actuación de sesgo político del Inspector General. En su etapa como director, tuvo que solucionar los muchos inconvenientes que presentaba el antiguo Palacio de Villapadierna para el desarrollo de la actividad docente, así como evitar que dicho edificio fuera recuperado por sus antiguos dueños para la construcción de viviendas. Finalmente, se decidió la construcción de un nuevo edificio para el Instituto, lo que zanjó todas las cuestiones.

Permaneció como catedrático de Matemáticas hasta 1979, cuando fue declarado en excedencia forzosa por pertenecer a dos Cuerpos Docentes (sin embargo, a otros compañeros más afines a la política oficial no se les aplicó esta incompatibilidad).

Formó parte del Consejo Nacional de Educación; fue vocal de la Mutualidad de Catedráticos; colaboró con el Bachillerato Radiofónico; impartió cursillos sobre Didáctica de la Matemática en el Instituto Jorge Juan del Consejo de Investigaciones; publicó libros de texto; dio clases de Estadística en Medicina…

Intentó siempre obtener los máximos recursos para la mejora de la educación pública y, en su permanente compromiso con la República, defendió los ideales de tolerancia, solidaridad y progreso a través de la educación.

Se mantuvo siempre vinculado afectivamente al Instituto y su última visita fue para asistir al homenaje a su compañero Antonio Domínguez Ortiz, el reconocido historiador.